viernes, 12 de marzo de 2010

Contra el Werder y el complejo de lince

Buen partido del Valencia. Sino el más inspirado ante el arco contrario, sí un buen partido. El problema es que los árbitros últimamente no ayudan en absoluto para la causa che. El penalti no fue, Pero es que, ya no es que no lo fuera, sino que ni siquiera estuvo a punto. Ni lo pareció. Hechos como éste condicionan sobremanera una eliminatoria ya per se difícil porque el Werder Bremen no es el Brujas. Es un buen equipo, con subcampeones de la Eurocopa, subcampeones mundialistas y el año pasado vieron como el Shakhtar Donestk les quitaba la gloria de la última edición de la ya difunta Copa de la UEFA. El Valencia necesita frente a equipos como éste más eficacia goleadora y colegiados sin creatividad y ansias de protagonismo.

El caso es que volvió a empezar el partido con poca intensidad, la cual fue viéndose adquirida conforme el árbitro golpeaba como un martillo en la sien la moral valencianista. Poco había pasado en el minuto 23 cuando al asistente de Martin Atkinson le dio por ganarse su minuto de gloria televisiva y se chivó de un supuesto penalti de Banega a Pizarro. Por agarrar en el área a la salida de una falta. De esos que si todos fueran pitados acabaríamos los partidos con el atractivo y edificante marcador de 45 a 39 goles. Ayer no pitó tantos, de hecho, fue un monopenalti, pero con lo que significan los goles fuera de casa puede ser sumamente determinante. Inexplicable error que Frings refrendó engañando a César y colocando el peligroso gol a domicilio.

El Valencia comenzó a ponerse las pilas, como acostumbra, cuando la necesidad apremiaba, y antes del descanso Banega la puso en el poste derecho, previo roce de la mano de Wiese, y el Guaje la colocó en la Vía Láctea cuando lo más fácil hubiera sido clavarla y arreglar un poco el desaguisado del altivo trencilla anglosajón.

Pero como las desgracias nunca vienen solas, al poco de comenzar el segundo tiempo, a Banega no se le ocurrió otra cosa que empellar a un rival cuando todo el mundo miraba la ensangrentada boca de Wiese por un lance de juego con Villa. Y como parece haberse extendido el complejo de lince -y de protagonismo- por este gremio, pues el otro linier, que no iba a ser menos que su colega de enfrente, le indicó a Atkinson que Banega se debía de duchar prematuramente. Seis partidos, seis expulsiones.

No obstante, el Valencia se levantó frente a este dantesco espectáculo arbitral, enésimo ya en los últimos tiempos, y con diez sobre el campo fue mejor que con once. Buena lección de garra y coraje de un equipo semilisiado, con pocos efectivos y con más kilómetros en las piernas que Abel Antón. Sacó la casta y se lanzó con mucho corazón y poco raciocinio hacia la meta de Wiese. Esfuerzo que obtuvo su merecido cuando Mata supo empujar adentro cuando parecía que Silva la había liado de nuevo.

De este plausible pundonor valencianista intentó aprovecharse la expedición nordalemana cuando recuperaban el balón. Ahí es donde volvió a aparecer César, portero que si tuviera 10 años menos debería ir a la selección. Frenó los intentos de Pizarro y compañía, y el peruano también la mandó a la grada en un par de ocasiones. En esta ocasión, la suerte pareció no querer cebarse con los blanquinegros, que se habían repuesto a la escandalosamente escandalosa labor de Atkinson y sus comparsas. Ya era suficiente. O no, porque Villa se hizo un esguince en el hombro y se alza como seria duda para el Camp Nou. Salió Baraja por él, y el conjunto del Turia languideció lo que quedaba de contienda, no fuera a ser que cayera el segundo golpe germano y la cosa se pusiese más fea si cabe.

Al final, 1-1 que sin haber visto el partido sabría a poco, pero sabiendo las circunstancias que le rodearon, ha de dejar un buen sabor de boca e ilusión para consumar la venganza balompédica en la vuelta. Esperemos que allí no exista complejo de lince.


martes, 9 de marzo de 2010

Un piedoso Rácing no sentencia a un gris Valencia



Un ambiente enrarecido se cierne sobre Valencia cuando el lobo cántabro se arrima a tierras levantinas. Esta psicosis esta más que justificada. Los deshechos de esta especie de lobo ibérico en Mestalla cerca están de formar parte de la tradición folklórica española. Tchité, Munitis, Serrano y compañía, tienen fagocitada la moral che, y los que visten de blanquinegro se acobardan siempre frente a un rival que sabe perfectamente lo que tiene que hacer, y cómo, y cuándo... Y ayer sólo les faltó punteria.

Sin complejos, el lobo aulló durante el primer cuarto de hora, rondó el área valencianista. El cachorro Canales aprovechaba por el flanco siniestro los nervios del debutante, y aún más liviano que él si cabe, Joel Johnson. Por cierto, buen partido el del canterano valencianista. El rutilante fichaje del Real Madrid, junto a Tchité, trigoleador en el partido de la pasada campaña, y sus licántropos compañeros, presionaron la salida de balón del Valencia. Ahogaron y estrangularon la medular, formada ayer por Baraja y Maduro, y obligaron a los blanquinegros a obcecarse en el pelotazo made in Ranieri que de nada suele servir en los últimos tiempos. El juego del Valencia tuvo un tono grisáceo lóbrego, casi negro. Triste, muy triste, cuasi lúgubre. No anduvo nunca cómodo en la alfombra verde.

Aullaron y asustaron los ayer blaugrana, pero ese ritmo de presión en todo el campo les era, de todas, todas, insostenible. Insoportable. Así que, el Valencia, sin timón claro, ni estilo, ni esquema, ni ideas, comenzó a estirarse. Joel intentó aportar cositas por la banda derecha. Mata y Silva intentaban conectar con el Guaje. Pero nada. Prácticamente nada.

Sólo hubieron dos claras para los locales en el primer período. Ninguna, como no podía ser de otra forma, llegó mediante elaboración -Banega, vuelve ya-. La primera, tras un contragolpe lanzado por el gran juego de pies que tiene Moyá. Buscó el mallorquín a Mata, y la jugada desembocó en un Villa que no supo resolver solo frente a Coltorti. Corría el minuto 18. Alcanzaba el partido los 21 minutos cuando en una pérdida de la defensa racinguista, Pablo abría el esférico hacia el Guaje que, otra vez en soledad, la mandaba al poste primero, y al octavo anfiteatro en el rechace.

Antes del descanso, el Racing volvió a avanzar en el frente y el escurridizo Canales dio el primer gran susto de la noche. Moyá iniciaba por fin su resurrección, futbolística, claro está, y rechazó el balón con el pie.

La segunda parte fue de cabo a rabo del Racing. Por momentos el partido se enloqueció, se convirtió en un auténtico correcalles, pero en río revuelto, sólo los cántabros lindaron verdaderamente con la pesca. A punto estuvo el lobo de llevarse un pez gordo. El tercero más gordo de España. Aunque ayer, empequeñecido. La retaguardia del Rácing lo tuvo bien sencillo. Era cuestión de mantener las líneas juntitas, mantener el orden. Ni Villa y compañía tenían el día. Ni el Chori cuando entró. Baraja tampoco creaba juego. Ninguna tuvo el Valencia en la segunda mitad de la contienda. Varias, y bastante claras, la que los de Portugal tuvieron.

No obstante, el Racing no supo morder. Los che, merced a un gran Moyá, se escabullían, se resistían a la derrota, que empezaría ya a ser hasta justa. Tchité tuvo un par, ambas despejadas por el cancerbero valencianista, mientras que Canales volvió a escalofriar a la grada con dos remates que mandó excesivamente alto.

Parece el Rácing tan experto en liarla en la acequia de Mestalla que ayer se confío hasta que Turienzo Alvárez pitó el final de partido sin que hubieran agujereado las redes locales.

Cuando corría el 85, David Navarro, que ayer ejercía su retorno tras la lesión, vio la segunda amarilla por cortar un balón con la mano. Ésa es otra cuestión a mirarse. En los cinco últimos choques el Valencia ha visto cinco veces la roja. Sólo quedó impune en el agónico partido de vuelta frente al Brujas. Sea como fuere, el Racing siguió intentando sacar tajada del flojo partido valencianista, y los locales se pudieron dar con un canto en los dientes porque, vaya segunda parte... De nada sirve rondar y aullar si eres lobo y no matas a tu presa. El Rácing ayer no supo morder, y el Valencia salió vivo de un olvidable partido.

miércoles, 3 de marzo de 2010

En cuadro

La desestimación por parte del Comité de Competición del recurso que el Valencia había presentado el pasado lunes para rebajar en un grado la tarjeta roja que vio Miguel Brito en el partido del domingo en el Calderón confirma que, si el Comité de Apelación no dice lo contrario, el lateral luso no podrá ser de la partida frente al Racing.

Mala noticia aunque no por ello inesperada, ya que el carácter interpretable de la acción por la que fue expulsado el jugador blanquinegro disuade a los estamentos oficiales de la Federación a rearbitrarla. El colegiado del encuentro, Alfonso Pérez Burrull, hizo constar en acta que la entrada se cometió "levantando la pierna de forma peligrosa, con una fuerza excesiva, golpeándole y derribándole", lo cual no son sino interpretaciones intrínsecas a la función del árbitro. La espectacularidad de la acción desembocó en tal concepción, aunque las repeticiones con las que cuentan tanto los comités como los espectadores parecen desvelar que la entrada no es merecedora de tal severa decisión.

Es de suponer que la Federación no quiera añadir más leña al esta temporada especialmente avivado fuego de la polémica arbitral. Rebajar la sanción al portugués supondría el reconocimiento de otro error de Pérez Burrull en el partido que cerró la pasada jornada. Por otro lado, Competición le retiró la segunda tarjeta al jugador Alexis Ruano del encuentro Valencia-Getafe por considerar oportunas las alegaciones del club, por lo que se antojaba desde a priori complicado que repitiera el proceso en este caso.

Así, se confirma la depauperación de la zona defensiva del Valencia que, a la espera de que sea efectiva la probable vuelta de David Navarro, cuenta con la disponibilidad de sólo dos defensas de la primera plantilla: Ángel Dealbert y Alexis. Con el central de Puerto de Sagunto, la cifra ascendería a tres, y el cuarto formante de la retaguardia levantina frente al Racing de Santander volvería a ser Hedwidges Maduro.

Además, las bajas de Banega y Marchena por sanción, además de la de Albelda por una microrrotura muscular, extienden las zonas afectadas por la lista de bajas a la medular del equipo de Emery, quien tendrá que confiar en Baraja y Fernandes, dos hombres de escaso rodaje durante la presente campaña.

lunes, 1 de marzo de 2010

Nombres propios del Calderón

Emery: Si bien ayer la mayoría de acontecimientos puntuales no fueron culpa suya, sí volvió a demostrar una preocupante incapacidad para guiar al equipo a una victoria en uno de los campos grandes. Aunque Sergio Agüero acabara el partido cojo, no hay que caer en la trampa. La pata por la cual cojean los colchoneros es la defensa, y el Valencia no hizo ni el más mínimo amago de buscarles las cosquillas. Además, dicho sea de paso que la mejor defensa se obtiene atacando, y los de Emery, al igual que en el Pizjuán, en el Heliodoro y en el Molinón, regalaron los primeros minutos a los locales. Lo demás, tras la expulsión de Marchena, ya no se puede medir con el mismo rasero.

Marchena: Su actuación de judío nazi fue un ejercicio de autodestrucción colectiva unilateral incomprensible para un jugador de la talla y el palmarés del sevillano. Nos brinda cada campaña dos o tres partidos de esta índole, en los que confunde veteranía y picaresca, por malas artes y gresca -rima involuntaria, que conste-. No se entiende la entrada nada más comenzar el partido directa al tobillo de Simao. No se entiende porque se duerme tanto con el balón en los pies cuando le roba la cartera el Kun-y el bolso entero, si me apuran-, y no se antoja necesaria la manita con la que dinamitó el partido de su equipo.

Fernandes: Tanto Marchena, como Pérez Burrull -como las actuaciones de César, Agüero o Reyes-, le quitaron protagonismo al luso, pero lo cierto es que su papelón no ha de pasar inadvertido para los ojos del cuerpo técnico del equipo. Una cosa es que las cosas no te salgan bien. Es asumible, perdonable y excusable si en los ojos se te ve motivación, ilusión, ganas, rabia e impotencia. Lo que no puede ser es que este mozalbete, que se cree un crack, se mueva por el campo como si estuviera paseándose por la orilla de la playa de Peñiscola en su período vacacional -este año más largo porque no va a ir al Mundial, por mucho que él se considere apto- , con una apatía y una desgana características del más severo caradura. Se quería ir al Inter, pero hasta el Valencia de anoche -que ya es decir- se le queda grande.

Pérez Burrull: Que un colegiado se pase por la manga del chaleco tres penaltis y el equipo en ellos infractor acabe mosqueado también, dice bastante del descosido que llevó a cabo anoche en el templo de Manzanares. Cumple 45 años en septiembre, por lo que se acerca inevitablemente -por fortuna- a su retirada, y parece decidido desde hace un tiempo en dejar huella en el fútbol español. Ayer le salvó de una hecatombe bochornosa el árbitro que menos pinta, el del cartelito con los minutos añadidos, el impertinente que manda callar a los entrenadores malhumorados. Este avispado trencilla cántabro es el mismo que la pasada temporada expulsó a Juanfran del Osasuna en el Bernabéu por dos presuntos piscinazos en el área. Con este mismo criterio, el piscinazo que sólo él vio en el clamoroso penalti cometido por Banega, también debiera haber sido amarilla para Reyes. Este señor es el mismo que mandó a la calle a John Carew por instar a la grada de San Mamés a cerrar el pico en la misma temporada en la cual Raul hizo lo mismo sin consecuencias negativas en el Camp Nou. En fin, que acabe su carrera lo antes posible y que deje tener a los futbolistas expuestos a sus meteduras de gamba.

domingo, 28 de febrero de 2010

El Atlético pasa por encima del Valencia con la ayuda de Marchena



Pérez Burrull es malo, muy malo. Si estuvo en la nevera tras el deshecho osasunista en el Bernabéu, no fue por casualidad. Condicionó un partido con sus erróneas decisiones, cambió claros penaltis a favor del Atlético por expulsiones a jugadores del Valencia, y mantuvo una actitud altiva que no se corresponde con su rol. Lo del señor Marchena es para darle de comer aparte. Un capitán no puede provocarse una amonestación en la primera jugada del partido, y autoexpulsarse después con una absurda mano dentro del área. La apatía de los blanquinegros, tampoco tiene precio. Una vez más demostró no tener la más mínima pista de cómo se juega en los campos grandes de nuestra liga. Partido lamentable, se mire por el ángulo que se mire.

El Atlético fue superior, contra 11 y, por supuesto, contra 10. Por tanto, no existe excusa. El gol en el minuto 20 de Silva no hacía justicia en el marcador en base a los méritos de los dos equipos. El Atlético ya había tenido opciones de adelantarse y la misma jugada con la que llegaría el tanto del jugador canario del Valencia se inició con un clamoroso penalti de Éver a Reyes que Pérez Burrull se tragó. Los de Emery partieron a la contra y Silva batió a David De Gea tras un rechace y una jugada personal de cierto suspense. Hasta ahí llegó el juego ofensivo de los che.

El Atlético se lanzó a por el empate y lo encontró de la forma más esperpéntica nueve minutos después del tanto blanquinegro. Marchena, desquiciado sin motivo alguno, se confió jugando el esférico, lo perdió merced a la insistente presión de Agüero y, tras caer al césped, se la rebañó con la mano al argentino, quien como un caballo desbocado corrió tras un despistado trencilla, que no se había percatado de la película. A las protestas del Kun se unieron las quejas de sus compañeros de equipo, mientras el árbitro gallego se acercaba al cuarto árbitro para que éste le confirmase que era pena máxima y expulsión. Nada que objetar. Si acaso la potestad del cuarto árbitro para cambiar la decisión del colegiado. Y el rumbo de un partido. Vaya por delante que es la primera vez en la historia de esta competición en la que el cuarto árbitro señala una pena máxima. Minuto de gloria para el asistente, gol de Forlán y Marchena a la ducha.

Emery dio entrada a Maduro por Juan Mata para recomponer su retarguardia, y los che se dedicaron a aletargar el partido hasta el intermedio.

La segunda parte no fue sino un monólogo de ataque atlético, en el que un Valencia sin capacidad de respuesta, apático, desangelado y falto de actitud, sólo pudo sobrevivir gracias a las paradas de César Sánchez. El cancerbero vallisoletano se quedó a escasos 13 minutos de completar una gesta, pero se fue del Calderón con cuatro roscos que si no hacen justicia a su notable actuación, sí son lícitos y legítimos vistos las credenciales de su compañeros de campo desde la expulsión de Marchena.

Hasta cinco -o seis, o siete, u incluso ocho- intervenciones de gran calidad se sacó César hasta que el Kun Agüero consiguió batirle de cabeza, tras otra jugada polémica en la que el pequeño argentino estuvo un buen rato sentado en el suelo de manera tangible y el colegiado no paró el juego hasta que se produjo una dudosa falta en la banda. Antes se había tragado un penalti de Banega por frenar con la mano un libre directo de Simao Sabrosa.

Con los méritos del Atlético reflejados en el electrónico, Burrull se inventó una expulsión a Miguel por una presunta plancha a Valera que deja más en cuadro si cabe la defensa del Valencia para el próximo choque, y que provocó la llegada de los dos últimos tantos de la noche aciaga valencianista. Forlán y Jurado culminaron una goleada que se queda hasta corta. A un equipo no puede condicionarle tanto la expulsión de un jugador. Mala pinta tiene la cosa.